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Cuentos I: La gente sin alma

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La conocí alguna vez, antes, cuando era una persona normal, como yo y como pocos, como los pocos que quedábamos sobre el planeta. Tenía la piel gris, en algunas partes se lograban ver pedazos de sus huesos pues la piel ya se le había caído. Había sangre seca en sus labios y manos, quizá de algún animal o cadáver o humano que decidió morder por ahí, hace algunos días. Su cabello parecía más un cúmulo de estambre sucio y amarillento; no tenía un ojo y lucía un oscuro y lúgubre agujero en donde debía haber un globo ocular; su otro ojo era rojo, estaba inyectado en sangre y era la única manera que poseía para ubicarse y así poder desplazarse. 


Lucía era mi vecina, o bueno, lo había sido un día. Recuerdo que una vez hizo cupcakes con crema de fresas, deliciosos; nunca olvidaré su sabor y suavidad. Ahora el sabor de unos pastelillos solamente podía ser imaginado, ya no había más sobre el planeta, ni cupcakes, ni helados de chocolate, ni galletas, ni siquiera de esas de fibra que uno tanto despreciaba. ¡Cuánto quisiera aunque sea unas galletas de fibra o avena!

La pude ver desde la ventana de una vieja casa en donde nos escondíamos de los zombies, a media noche, caminando por la calle, arrastrando los pies, siendo una muerta viviente que no hacía más cupcakes, sino que buscaba algo vivo que matar y devorar, haciendo ese ruidito que ni siquiera puede llamarse voz, quizá rugido o alarido o susurro diabólico, no sé, algo que no es de este mundo. 

Recuerdo a Lucía gritar cuando todo comenzó. Todos gritábamos en realidad, el mundo entero era un grito inolvidable; seguro que desde el espacio pudo escucharse el grito de todos los humanos al unísono, a pesar de que allá, dicen, no se propaga el sonido. Y no, no fue como pensábamos que iba a ser; no nos matamos entre nosotros, por lo menos no en un principio. Llegaron desde el espacio, justamente, sin hacer ruido, por la noche, cayeron esas cosas parecidas a vegetales gigantes, del tamaño de una casa; cayeron en el mar, en la tierra, en los desiertos, en las selvas, en medio de cada ciudad, y soltaron sus esporas, esos polvos verdosos que todos inhalamos. Unos sólo vomitamos, nos sangró la nariz o nos desmayamos, pero otros murieron y en el acto volvieron a la "vida", pero volvieron para morder a otros; ya no sé si para comérselos o convertirlos como ellos o lo que sucediera primero según las circunstancias. 


Creo que Lucía encontró una rata o algún animal entre los botes de basura, no alcanzaba a distinguir, apenas y quedaban lámparas encendidas del alumbrado público que se autoregulaban cada noche con la energía que todavía nos quedaba disponible en el mundo. Y es que esto no sucedió como las películas erróneamente predijeron, pasó en todo el mundo, no sólo en Estados Unidos; sucedió en los lugares más pobres y también en los más ricos. No hay antídoto. El único antídoto que conozco es volarle la cabeza a esos hijos de la chingada que, con todo respeto, antes fueron personas de bien, algunos, porque otros quizá merecían este destino vil. 

Somos un grupo de quince personas, comenzamos siendo únicamente mis padres y yo. Ahora somos tres familias y un par de agregados que quedaron solos. Luchamos por encontrar comida, fabricar armas para defendernos y buscar a más personas que hagan que el grupo crezca. Los vegetales espaciales, como yo les llamo, se secaron y dejaron de esparcir sus esporas hace un año; usamos máscaras durante tres para evitar inhalar los gases que de repente nos sorprendían. 

Lucía se ha marchado, espero no tener que encontrármela y tener que volarle los sesos. Le tengo aprecio, por lo menos le agradezco que haya permitido que hoy, entre tanto caos y sensaciones amargas, mi memoria pueda recordar algo dulce y suculento como sus cupcakes de crema de fresas. 


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