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María

Para mi abuela; la María más 
bella que he conocido.

Llovía en la pequeña ciudad en donde vivía María. Las empedradas calles estaban empapadas y los perritos se refugiaban bajo los techos de las casas. Estaba sentada frente a la ventana, acariciando a Blanco, su gato. Observaba la lluvia mientras esperaba que la tetera tuviera el agua lista para prepararse un té de limón con un poco de miel de abeja. Tenía tantas ganas de seguir leyendo aquella novela de princesas y dragones, pero sentía que no era lo mismo leer sin un té caliente acompañándole. 

—Blanco, ¿te imaginas si fuese una princesa? —El gato la miró insípidamente y volvió a acomodarse sobre las piernas delgadas de su dueña. 

Recordó un sueño; estaba sentada bajo la sombra de un árbol, en un enorme jardín. A lo lejos podía observar la casa de campo que ella y su familia visitaban en los veranos de su niñez. El sol brillaba ardientemente y los colores de las flores del jardín lucían encantadores. De pronto una nube gris tapó el sol en un par de segundos y una tormenta cayó sobre ella. Despertó sintiéndose profundamente triste. Había perdido a su padre dos años atrás debido a una enfermedad terminal. En aquel momento, mientras se preparaba el té y recordaba el sueño, sintió una punzada en elestómago; esa sensación que nos invade sólo por un segundo cuando recordamos algo profundamente triste o doloroso. 

Tomó la novela de princesas y dragones, la abrió en donde se encontraba su separador de papel reciclado, observó las letras y cerró el libro de golpe. Se levantó del sillón después de darle un sorbo a su taza de té y se dirigió al escritorio en su pequeño estudio. Tomó un cuadernillo, lo abrió más o menos por la mitad y comenzó a escribir en una hoja limpia. 

Tenía más de una semana que no me sentía inspirada para escribir en este diario. La lluvia no ha cesado, ni siquiera he podido ir a trabajar hoy. 
Anoche he tenido un sueño, que terminó en pesadilla, en donde veía la casa de campo que visitábamos mis padres y mi hermana cuando éramos unas niñas. Me he despertado un poco atormentada, extraño mucho a papá, y extraño a mamá, porque aunque sigue viva nunca volvió a ser la misma desde que papá nos dejó. 
Margaret me ha escrito un mail. Me dice que la luna de miel es mejor de lo que pensaba. Me ha enviado fotos de Londres y París. Se le ve muy contenta y estoy contenta por ella, aunque como cualquier hermana menor también la envidio un poco. 
He comenzado a escribir la segunda parte de mi novela. Jamás entenderé por qué decidí escribir suspenso en vez de ficción; me siento a gusto así. 
Anoche, antes de irme a dormir, escuché a los señores Porrintong pelearse en el balcón de su habitación. Apagué las luces para que pensaran que ya estaba dormida. Él no dejaba de insultarle y ella no paraba de llorar. Nunca me ha detenido algo así cuando me siento muy cansada, así que me quedé dormida. Hoy temprano he visto al Sr. Porrintong sacar una bolsa negra enorme y meterla en la cajuela de su camioneta. Se veía algo ansioso. Tengo la idea de que mató a su mujer y se está deshaciendo del cuerpo. Supongo que si eso ocurrió la policia se enterará pronto. 

Dio un sorbo a su té y acaricio a Blanco, quien se le paseaba gatunamente entre los tobillos. 

Milo me ha enviado muchos mensajes de texto hoy, pero el sexo ha sido tan, pero taaan malo, que no pienso volver a verle. En el desayuno he bloqueado su número de teléfono, es realmente insoportable. 

Me he tomado un par de ansiolíticos con un poco de tequila; mi amiga Dorie me ha dicho que se siente como si fumaras mariguana, y me he dicho a mí misma: "¡Hazlo! Tienes solo veintiocho años, eres joven y bonita". La realidad es que Dorie es una ñoña perdedora, pues no he sentido absolutamente nada, y lo único que conseguí es una leve diarrea que contrarresté con otra pastilla. Después fumé mariguana de verdad y me burlé de Dorie en mi mente. 

Mañana tengo cita con mi psicoanalista y tengo muchas cosas que decir, aunque siempre me pasa que planeo decir mucho y termino diciendo casi nada, ¡menuda estupidez! 

Planeo festejar mi cumpleaños dentro de diez días. Hoy por la noche enviaré un evento a todos mis amigos. Me encantaría que fuera Gonzalo, es tan sexy; me he masturbado muchas veces pensando en él y en su enorme pene... lo sorprendí, sin querer, orinando en el baño de la oficina en la fiesta de Navidad. Desde entonces creo que cada vez que me ve quiere huir. Sé que tendremos sexo, pero me gustaría que fuéramos algo más. Le gusto, lo puedo ver. Al respecto, tendré mi cita con el cirujano la próxima semana... me urge tener una vagina y deshacerme de esto que me cuelga entre las piernas. 

Mis ganas de leer han vuelto. 

Firmó el texto y se dirigió a la estancia con su taza de té a medias. Blanco la siguió elegantemente. 

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