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Desprenderse

"Se desprendió de mí una vez, entonces
todas las veces posteriores tuve la 
sensación de desprendimiento, aun 
cuando, en realidad, nunca existía
tal desprendimiento, pero yo lo sentía."
Manelander


Alguna vez, cuando niño, pude sentir los dolores de la ausencia, del abandono, de la locura de perder el amor del objeto amado, de perder al continente de nuestros afectos. Sin muchos detalles, puedo decirles que sufrí la ausencia paterna en cierto periodo de mi vida; no he encontrado en mi andar una angustia que se pueda comparar con aquella, una sensación de vacío que pueda ser más oscura que esa. No he encontrado un momento más terrible en mi vida que el momento en el que mi padre se marchó sin decir a dónde, sin saber por qué, sin saber si volvería, si vivía, si pensaba en mí. Por ahí de mis ocho o nueve años, prematuramente, supe lo que era una pérdida, un duelo y una ausencia. 

Los meses más oscuros de mi vida acontecieron en mi niñez. Dormía esperanzado en que quizá, de casualidad, papá se acordaría de mí y llamaría al día siguiente; así lo pensaba durante meses. Fui víctima de la sensación de no haber sido suficiente para que papá se quedara conmigo; pensaba que papá no me amaba lo suficiente para no irse y que yo era incapaz, inútil, de hacerlo volver. 

La sensación de desprendimiento es básicamente sentir que algo te arranca otra cosa que es importante para ti, a la fuerza, sin que puedas evitarlo, hiriente y dolorosamente.

Viví meses enteros con la incertidumbre de la existencia de mi padre, de su estado, de su vida. Me sentí desprendido de él, arrancado, herido, impotente, pues qué iba un niño a saber sobre pérdidas y duelos. Aún recuerdo el número de teléfono al que siempre intentaba comunicarme con él cada momento que era posible, sin recibir nunca una respuesta. Sí, fui abandonado por un momento de mi vida, un momento que cambió pero que fue suficiente para herirme tan profundo y marcarme hasta las entrañas del alma. Fue el comienzo de un trabajo arduo que habría de comenzar a elaborar muchos años después, cuando las consecuencias emocionales y psicológicas de todo aquello se hicieron presentes. 

Papá volvió, papá limpió el desorden, papá no cerró la herida, porque las heridas solamente pueden ser cerradas por quienes las poseen, pero buscó incansablemente hilo y aguja para dármelos, y anestesió la herida, y lloró por verme lesionado y ensangrentado a su regreso. Papá lo hizo mejor que su propio padre, definitivamente. Papá fue abandonado y herido también, ahora lo sé, ahora puedo entenderlo. Pero papá no vio el retorno, no le fueron dados el hilo y la aguja, tuvo él que conseguirlos solo, tuvo que sanar su herida solo. Papá ahora está conmigo, después de tantos años, papá me demuestra que me ama cada segundo de cada día y a veces, de repente, mira la cicatriz que hay en mi alma y puedo notar que le produce melancolía, pues recuerda el momento en el que estuvo abierta y sangrante. 

Ahora, en la adultez, aún siento el desprendimiento, aunque no sea real, mi mente lo recrea, lo reproduce y lo coloca en varios personajes de mi vida, en aquellos que me importan.

Tardé muchos años en cerrar aquella herida, fue muy doloroso, tormentoso, caótico. Imagínense a un chico en medio de una tormenta, solo, en medio de rayos y centellas, empapado de lágrimas, intentando encontrar la manera de controlar su propia creación. Pasaron muchos años así, lidiando con lo sucedido, intentando cerrar, poco a poco, la herida, controlando la sangre y el dolor, hasta que un día, al fin, pude curarme. Pero hay un costo ante todo aquello, hay un precio que se paga por curar las heridas, y es el precio de la repetición, pues lo acontecido no desaparecerá de la mente así de sencillo, no, buscará otras formas para hacerse presente y reproducirse. Ya la mente entonces pondrá la misma situación en otros personajes de la vida e invocará las mismas sensaciones. Entonces sentiría, bajo esa premisa, angustia por perder el amor del otro, terror por presenciar su ausencia, sensación de vacío, insuficiencia para retenerlo, insuficiencia para hacerle volver.  Ustedes dirán, ¿pues de qué sirvió curar la herida entonces si todo seguirá repitiéndose? ¿cómo detener toda la tortura? Pues lo importante de todo esto es que se es consciente de cada detalle. Todo se repite con el objetivo de ser reparado en algún momento, y claro, también con el objeto de autolesionarnos, un objetivo masoquista inconsciente. 

La clave está, mis queridos lectores, en comprender que toda la angustia que se puede llagar a sentir, el terror de perder a alguien, de sentirse insuficientes es generado por nosotros mismos, en nuestro interior; nada tiene que ver con el actuar del otro, es el otro quien se vuelve víctima de nuestros miedos y de nuestras angustias, pues se los colocamos encima como un disfraz que necesita para llevar acabo, una vez más, aquella escena de nuestra "obra teatral". Lo complejo es hacerse consciente de todo esto, ponerle palabras y ordenarlo para evitar repetirlo. Nunca es el otro el causante de nuestras ansiedades y dolores, es el otro, sí, pero el que está construido en nuestra cabeza, no el otro real, ese es solamente un portador, un continente de nuestras sensaciones primarias, de esas que nos marcaron y nos dejaron cicatriz. 

Se pueden hacer dos cosas con el pasado: ignorarlo y continuar reproduciéndolo, o enfrentarlo, sanarlo y colocarlo en un lugar seguro de nuestra alma. 


Twitter & Instagram: @tintademane
Tumblr: manelander (La tinta de Mane)

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