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La chica de las piedras

"Incluso la cosa más insignificante y pequeña
puede cambiarlo todo." 
Manelander



-¡Lárgate! ¡No tienes nada que hacer aquí! -gritaba lleno de rabia, quizá con él mismo, y con los ojos humedecidos. 

-Por favor, dame otra oportunidad -suplicaba el otro, de rodillas, abrazándolo por la cintura mientras recibía empujones y pequeños golpes. 

-¡Ya no te amo, entiéndelo! -gritó al fin-. ¡Vete ya! 

-¿Estás con alguien más, verdad?

-¡Sí! ¡Ahora fuera!

Se levantó del suelo, lo vio con coraje, con tristeza, lo vio con tantas cosas a la vez que el otro sintió como si la mirada de quien tanto lo amaba le golpeara el rostro y los pensamientos, y el corazón también; le hizo sentir pena y remordimiento. Dio media vuelta, abrió la puerta y se marchó, sin decir nada, pero sintiéndolo todo. 

Caminó hacia la avenida principal de la ciudad. Hacía frío, era media noche, domingo; algunas personas caminaban por ahí, pensando, ensimismadas en sus propios asuntos, con la mirada hacia el suelo de piedra de la acera. Todos pensando en sus cuestiones, en sus angustias, en sus frustraciones, viviendo en su mundo interno, ése que es mucho más importante que el tangible pero que recibe tan poca atención; porque el mundo interno solamente es atendido cuando hay guerra en él. 

Se conocieron dos años atrás, en una fiesta. Prácticamente se habían enamorado desde el primer día. Comenzaron a salir y a tratarse como si llevaran años de conocerse. Fue un amor intenso, fugaz y bello en su inicio, pero lo que inicia fácilmente acaba del mismo modo, en un segundo, en un pequeño momento, en una pequeña decisión, en un "ya no", en un "no sé", en un "no más", en el silencio, en el adiós. Y todo se rompe entonces, todo acaba, se disuelve como se disuelve el humo del cigarro en el aire. Era frustrante, era doloroso, era casi un asesinato del alma; tener algo y después perderlo, algo bueno, algo que en algún tiempo fue maravilloso.

Caminó unos metros pensando en lo mismo, pensando en su dolor, sintiéndolo, con náuseas, con ganas de desmayarse, con ganas de aventarse a la calle justo cuando un autobús pasara a toda velocidad y terminar de una buena vez con su sufrimiento. No, era demasiado cobarde para hacerlo de aquel modo.

-¡Piedras! ¡Lleve sus piedras! -gritaba una mujer unos metros adelante-. Lleve su piedra, joven -dijo ella justo cuando él pasaba frente a su pequeño puesto.

Se detuvo por curiosidad, salió de su ensimismamiento y volvió el rostro lleno de lágrimas hacia la chica que ofrecía su vendimia a gritos.

-Lleve su piedra, joven, usted la necesita mucho.

-¿Cómo? -pregunto él. Aún estaba bastante aturdido por sus guerras internas.

-Lleve su piedra mágica -respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Mágica? -volvió a interrogar; como los niños pequeños que se asombran con cualquier argumento y que parecen necesitar una segunda confirmación.

-Así es, joven. Le vale dos pesitos -informó. Él se metió las manos a los bolsillos y encontró una moneda de cinco pesos.

-¿Por qué vendes esto? -preguntó él mientras apuntaba con la mirada al suelo, al tapetito de colores que exhibía sobre él un montón de piedras de río.

-Son piedras mágicas, hacen favores a quienes en verdad lo necesitan.

-¿Y tú crees que yo lo necesito?

-Ay, joven, namás véase esa cara apachurrada que trae. Parece como si le hubiesen dado la peor noticia de su vida. -Él sonrió y le extendió la mano para entregarle la moneda.

-Algo así -agregó. Ella se agachó y escogió una de las piedras sobre el tapete, se incorporó y se la entregó en las manos.

-Esta piedra es mágica.

Él continuó su camino después de agradecerle a la extraña chica de las piedras. Vio una cafetería en la esquina, cruzó la calle y entró. Había comprado aquella piedra solamente porque le parecía demasiado curioso que alguien se dedicara a un negocio tan extraño. Pidió un americano y se sentó en una de las pequeñas mesas en la terraza del lugar para poder encender un cigarro. Volvió a sentirse terrible; podía imaginarse a su corazón rompiéndose en pedazos. -Ojalá fuera como esta piedra -se dijo a sí mismo mientras observaba a la piedrita desde la palma de su mano extendida. Pensaba en su insignificancia y sintió un poco de arrepentimiento por haber hecho tal negocio.

-¿Omar? -preguntó alguien desde la mesa siguiente-. ¿Omar Renta? Volvió el rostro y vio a un joven de su edad, aproximadamente, sonriéndole.

-¿Sí? -respondió dudoso, con el entrecejo fruncido.

-Soy Emilio, Emilio Robinson, ¿me recuerdas?

-¡Claro, de la facultad! -acertó sonriendo.

-¿Estás solo? -preguntó.

-Sí.

-Yo también, ¿me puedo sentar contigo?

-Sí, claro.

Emilio Robinson había sido el alumno más guapo y cotizado de su generación. Sabía que a Emilio también le gustaban los hombres, pero en su temporada de estudiante siempre lo había visto como alguien inalcanzable; si conversaron tres veces durante toda la universidad fue demasiado. El apuesto chico se sentó frente a él y ambos se dieron la mano.

-¡Cuántos años! -exclamó Robinson.

-¡Sí!

-¡Oh! ¿tú también le compraste una piedra a aquella chica extraña? -preguntó al sacar de su bolsillo una piedra de río muy parecida a la que Omar tenía en la mano izquierda.

-Parece que es un genio de las ventas entonces -respondió con media sonrisa que se nubló de inmediato y las lágrimas se contuvieron lo más que pudo. Agachó la mirada y volvió a sonreír.

-¿Estás bien? -preguntó extrañado y se acercó más a él para colocar su mano en el hombro de Omar.

Lo vio y no pudo evitar decir: -No, no estoy bien -. El llanto se desbordó y Emilio lo abrazó, como quien abraza a un niño que llora desconsoladamente.

La historia comienza precisamente aquí, en el punto en el que ustedes podrán imaginar lo que sucedió después. Eso sí, les puedo asegurar que fue algo maravilloso, como la magia que hacen las cosas insignificantes, las piedras, por ejemplo.

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