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Extrañas obsesiones

"En mi camino encontré tantas cosas
extrañas, tantas personas, tantos 
objetos sin forma, sin fin."
Manelander


Vi muchas cosas en mi sendero, mientras avanzaba en el camino de la vida. Me topé con una mujer que le temía a los gatos, quizá porque en su vida jamás hubo silencio y calma como la que viven los pequeños felinos. Vi también a personas que le temían al dolor, tanto le temían al dolor del corazón que preferían tenerle miedo a los dentistas y a los exámenes de sangre, como si desplazaran sus miedos a otros dolores más "entendibles".

Me encontré con extrañas personas que sentían repulsión por algunos vegetales, como si el papel de devorar se invirtiera y ellos, los humanos, vivieran con el miedo constante de ser devorados por las lechugas y los chícharos.

También conocí personas que no conciliaban el sueño sin sus tres o cuatro almohadas, todas dispuestas a su alrededor, como nubes acolchadas; también estaban lo otros, esos que no podían dormir si cerca había más de una almohada. Conocí a los que hablaban dormidos, aquellos que mantenían conversaciones con quien sabe quién, en quién sabe qué parte de su inconsciente, murmurando cosas que nunca pude comprender. 

Por supuesto no pude ignorar a aquellos que se lavaban más de dos veces las manos, antes y después de comer, esos que me dejaban la sensación de estar viendo a personas con el alma sucia y, por desgracia, al no encontrar forma de limpiarla, preferían limpiar su cuerpo repetidamente, con agua y jabón, como si quizás un día, de esa manera, lograran limpiar lo que por dentro lucía enlodado o polvoriento. 

También conocía a un hombre adulto que detestaba la oscuridad y encendía todas las luces de su casa, aunque fuese de día. Me recordaba a un niño pequeño muriendo de miedo en su habitación, sin una madre cerca que pudiera consolarlo y protegerlo de sus monstruos imaginarios. 

Hubo una niña pequeña, poco simpática en realidad, que usaba ropa de hombre; pero aquella acción no era lo que me intrigaba, sino su tristeza eterna por vivir en un mundo que reprobaba su atuendo. Esa niña tenía un hermano pequeño que comía mantequilla a mordidas; barras y barras de mantequilla eran ingeridas por el pequeñín, regordete como un sapo, todos los días, como barras de chocolate. Su madre tenía terror a las etiquetas; en la ropa, en los objetos nuevos, en los comestibles. Esa mujer odiaba todas las etiquetas, excepto una, la que ponía sobre su hija con ropa de hombre, esa etiqueta de "masculina" que hacía a la pequeña profundamente infeliz. 

Me encontré con tantos y tantos; con ancianos que tenían temor de vivir más, deseosos por conocer el fin de sus días. Pude ver a mujeres que se convertían en hombres, y hombres que se convertían en mujeres; pude ver también a gente que perseguía a esos hombres y mujeres, y los rechazaba, y los detestaba. Me encontré con mujeres tan delgadas que ya ni siquiera el espíritu les cabía dentro, pero que en sus espejos se veían obesas; a mujeres obesas que en sus espejos se veían esbeltas, como algunas vez lo habían sido, cuando fueron felices, un tiempo corto de su juventud. A esas que se bañaban en químicos para desaparecer su decadencia, las arrugas y marcas de una vida abundante que se acercaba más a su final, y también a las jóvenes queriendo comportarse como las maduras, queriendo devorar el mundo en un bocado. 

Vi tantas y tantas obsesiones y extrañezas; me familiaricé con ellas. Intenté encontrar mis propias extrañezas, pero ahora entiendo que eso es algo que solamente alguien más puede ver, pues uno mismo no está nunca preparado para ver su propia imperfección del todo. 

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Twitter & Instagram: @tintademane
Tumblr: manelander (La tinta de Mane)

Textos relacionados:

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