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7. Melancolía: De corazones rotos

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-Lo lamento mucho, pero la vida sigue, Andrea -dijo Emiliano sentado en el sillón de la sala.

Llovía torrencialmente afuera y Emiliano se había empapado en el trayecto de su camioneta a la puerta principal. Andrea le había abierto invadida por el llanto, roja del rostro, despeinada, como una demente ansiosa por volver reales sus alucinaciones. 

-¡Tú qué sabes! -gritó la chica de pie frente a la chimenea, dándole la espalda a Emiliano-. A veces... -dijo con voz calmada y con la mirada perdida en el fuego- a veces quisiera que todo esto terminara y morirme. 

-¡Qué estupidez! -exclamó él soltando una carcajada burlona-. No tienes idea de lo que dices, Andrea. 

-No necesito comprenderlo, solamente quisiera acabar con mi vida y ya. 

-Bueno... y qué te detiene -preguntó el chico con la intención de hacerla recapacitar a través de una confrontación bastante hiriente de su realidad-. ¡Hazlo! Si eres tan cobarde para huir de tus problemas, hazlo entonces. 

-No quiero huir, quiero... -se detuvo. 

-Huir, quieres huir, acéptalo.

La noche ya los había envuelto y la lluvia no dejaba de caer agresivamente sobre el suelo de tierra, proporcionando el delicioso petricor al olfato. Para Andrea los días y las noches desde su ruptura parecían iguales, igual de terribles, igual de deprimentes, igual de vacíos. No había podido encontrar consuelo suficiente en nada y el recuerdo de Emilio le mordía el cerebro, y también el corazón, o lo que quedaba de él, cada que tenía oportunidad, o sea, cada dos minutos. 

-Ok, te engañó con otra mujer, ¿y? ¿Cuál es el problema? ¿Es acaso eso una sentencia de muerte?

-¿No lo entiendes verdad? -espetó Andrea al darse media vuelta y clavarle una mirada inquisitiva a Emiliano, una mirada que casi lo reprendía como si lo que acabara de decir hubiese sido un insulto-. No lo creo, se nota que nunca te han roto el corazón. -Emiliano sonrió y desvió la mirada. 

-Se nota que no me conoces -dijo por lo bajo al tiempo que arqueaba las cejas en señal de prudencia forzada. 

Andrea pudo notar que la expresión de Emiliano cambió de inmediato y se sintió culpable. Era verdad, no lo conocía, apenas habían conversado algunos días; eso no la hacía merecedora del juicio, al contrario, se percataba de que estaba siendo demasiado injusta con un hombre que lo único que intentaba era ayudarla. Dio unos pasos hacia él y se sentó lentamente a su lado. 

-Yo estuve casado alguna vez -confesó él sin verla a los ojos. 

Andrea tuvo la sensación de que una historia dolorosa vendría pronto para abofetearla y hacerle saber que su tan lamentada "miseria" no era nada en comparación con los vacíos y las tristezas de otros; porque la vida siempre nos demuestra que habrá siempre dolores y penas más grandes que las propias.

Twitter & Instagram: @tintademane
Tumblr: manelander ("La Tinta De Mane")



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