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5. Melancolía: El espacio intermedio

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Tenía los audífonos puestos y había decidido escuchar toda la tarde esa música depresiva en inglés que hacía que las lágrimas derramaran imparables, como fuentes inagotables de agua. Estaba sentada en la cama, con la cabeza y la espada pegadas al respaldar; observaba su imagen reflejada en el espejo frente a ella y podía verse destruida, fea, descuidada. Tenía ojeras gigantes y su cabello parecía un estropajo para limpiar el piso del baño; su belleza seguía ahí pero estaba tan opacada por su tristeza que no podía reconocerla, no podía reconocerse. 

- Es impresionante -se decía en sus adentros-. Cómo una persona puede hacerte pedazos en un segundo... 

Andrea pensaba en la fragilidad humana como un defecto. -Dios debió equivocarse, y conmigo mucho más. Soy más frágil que una hoja de papel sumergida en agua... -se repetía por dentro. Y es que aunque habían pasado los días seguía sintiéndose rota e incompleta. La cosa era que sabía que un día se repondría y encontraría a alguien que de verdad la amara, pero desesperadamente se preguntaba qué sería lo que sucedería mientras tanto. La idea de ese espacio intermedio, ese que se vive entre un corazón roto y la cura, le atacó el pensamiento con agresividad. Comenzó a suponer que el espacio intermedio era un concepto que no todos lograban sobrevivir, quizás era en ese lapso en el que algunas personas terminaban suicidándose o enloqueciendo, por amor, por desamor más bien. 

Recordaba los momentos buenos con Emilio y tenía la sensación de que su corazón dejaba de latir para latir en la imagen de ella estructurada en sus pensamientos y dar vida al recuerdo. Había sido tan feliz y ahora todo eso había terminado. Tenía miedo, miedo de no sobrevivir su propio "espacio intermedio". Se sentía débil, no encontraba fuerzas en nada, sola y... 

-¡Andrea! -gritó alguien en el exterior mientras tocaban la ventana de la estancia-. ¿Estás ahí? Soy Emiliano. He traído comida, abre-. Andrea abrió los ojos como platos y se reconoció aún más fea de lo que ya se había percatado en su reflejo. Se levantó y se limpió las lágrimas rápidamente. 

No lo sabía, no se había percatado ni por un segundo que sentirse fea y avergonzarse por eso ante la visita de alguien era el principio de componer lo que había roto dentro de ella; ese impulso, esa chispa que nos hace querer lucir bien para alguien, que nos mueve, nos enciende y después, sin que podamos controlarlo, nos quema y remedia todo lo que está mal. 

-¡No! -gritó ella con la espalda pegada a la puerta de madera para evitar que Emiliano pudiera verla desde la ventana-. ¡Vete!

-¡Ay ya! No inventes, ¡abre! 

-Estoy fea, ¡vete!

-Jajaja ¿es en serio? 

-Sí -respondió desesperada. 

-¡No seas infantil!

-¡Adiós!

-¡Bien! Me iré con toda mi comida por ahí -dijo ofendido, dio media vuelta y comenzó a alejarse. 

La consciencia de Andrea le pateó el cerebro y sin que pudiera detener aquel impulso abrió la puerta y abrió la boca con ganas de gritarle algo, pero él ya estaba de frente, viéndola con media sonrisa, una sonrisa perfecta, como si hubiese sabido que la chica abriría la puerta desde antes. 

-¿Ya? -preguntó él en modo de reprimenda. 

-Pasa... -asintió ella y la tarde soleada hizo que el viento en el exterior fuese aún más encantador. 

Twitter & Instagram: @tintademane
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