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Charlas de café negro II

"Porque la soledad también ha 
charlado conmigo y he logrado
encontrar cosas buenas a su
lado."
Manelander


Ya tiene un tiempo que decidí escribir sobre los momentos en los que logro como escritor tener una inspiración distinta a la que tengo permanentemente. Hablar de las cosas que veo al sentarme en un café como parte importante de mis letras es un deleite para mí. 

Esta vez quisiera relatar un acontecimiento en el que sucedió tan poco, pero al mismo tiempo demasiado; como de costumbre llegué a sentarme a mi cafetería favorita y pedí nuevamente un café negro. me senté en la mesa de siempre, esperaba a una amiga para charlar después de no habernos visto en un tiempo. Mientras estaba ahí, esperando, a las seis de la tarde, me sentí solo, sí, solo, pues era el único cliente del café, la única mesa ocupada, y entonces pensé: pero qué extraño... siempre hay gente en este lugar. Entonces comencé una especie de ensimismamiento que me obligó a concentrarme en pequeños detalles; había un adorno de estos que haces un sonido relajante cuando el viento los mueve, lo miré y supe en ese momento que muchas veces la soledad es una buena compañera para comenzar a ordenar ciertas cosas en la vida. Comencé a pensar en mis asuntos y en lo complicado que lucía todo en ese momento para mí, pensaba en cómo solucionar mis cuestiones financieras y emocionales, cuánto tiempo me llevaría, cuándo podría sentirme pleno: ¿cuándo?, me repetía una y otra vez en mi cabeza. Pensé entonces que vivir se trataba de un sube y baja, estar bien y después no tan bien, tener algo y después perderlo o cambiarlo por otra cosa; nada es nunca igual, nada es estático, todo cambia, se renueva, se transforma, incluso nosotros mismos, nuestro cuerpo no es el mismo que era hace un segundo, nuestras células mueren y nuestros órganos cambian. Se me antojó escribir sobre aquello tan interesante, sobre esta terquedad humana de aferrarse a algo o a alguien cuando sabemos desde el principio que todo tiene un ciclo, un principio y un final, que todo se mueve, como el viento movía aquel adorno que colgaba de la rama de un árbol en el jardín en donde se encontraba el café. Sentí mi soledad y pude encontrar esa parte que se resiste a veces a vivirla, y pude también percatarme de que muchas veces esa sensación me obliga a aceptar cualquier compañía, cualquier migaja, cualquier lo que sea de quien sea; me dio miedo, me asustó el hecho de sentirme un conformista emocional por miedo a la soledad. Recordé en aquel momento algo que siempre le repito a mis pacientes dentro de la consulta: "si no sabes estar solo, no sabes estar con nadie", y aunque pensaba que yo llevaba a cabo aquella filosofía la realidad era que no del todo.

Estar solo es un momento que se debe aprovechar, no es una desgracia, al contrario, es una fortuna tener soledad, porque se trata de una oportunidad que tenemos para encontrarnos, para amarnos a nosotros mismos, para disfrutarnos, sino es así, si nos sentimos angustiados, es porque no soportamos nuestra propia compañía. Qué miserable acotación, el hecho de poder aceptar que no nos soportamos a nosotros mismos y entonces, si no podemos soportarnos, ¿seremos capaces de soportar a alguien más?, lo dudo mucho, y si es así entonces soportaremos todo, incluso lo destructivo, con tal de no quedarnos en soledad. Estar solo no es un estado eterno, se trata de momentos, de instantes, de periodos, así como yo, que esperé en soledad a mi amiga durante casi media hora; tiempo suficiente para que se me ocurrieran mil cosas que escribir llegando a casa, porque pude disfrutarlo y sacarle provecho, porque entendí que estar solo es un momento de espera en donde uno se prepara para recibir a alguien más de manera adecuada y sana, sin angustias, sin ansiedades, sin asperezas, con un café caliente saboreándose mientras nos ordenamos por dentro.

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Textos relacionados: 
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