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3. Melancolía: Un extraño

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Estaba tan aburrida; no tenía idea de cómo Macarena le había convencido para asistir a esa fiesta de gente frívola y vacía, pues a pesar de ser heredera de una de las familias más acomodadas de la ciudad, Andrea no se sentía parte de esos círculos sociales tan "llenos de nada", como solía repetirle a su mejor amiga cada vez que insistía en que asistiera a una de sus tantas fiestas semanales. 

-¿Aburrida? -le preguntó un apuesto joven, quien se había sentado a su lado, en el sillón en el que se encontraba sentada bebiendo una copa de vino tinto, luciendo un hermoso vestido negro que le llegaba hasta los tobillos. 

-Hola -respondió Andrea con una sonrisa-, no soy mucho de fiestas -dijo.

-Puedo notarlo, nunca te había visto -agregó él. Era apuesto, joven, alto y de ojos aceitunados, pero bueno, en esas fiestas siempre habían hombres apuestos de todas las edades, adinerados y, lo peor de todo para Andrea, vacíos del cerebro y del corazón.

-Entonces debo suponer que tú eres súper sociable -dijo ella un tanto seria, en ese tono que envía un mensaje de "no me interesas".

-¡Mírame! -habló él y Andrea volvió el rostro sin dudarlo; era tan guapo, tan lindo y tan seguro de si mismo que sintió un revoloteo en el estómago-. Eres guapísima-. Andrea se sonrojo en el acto y se llevó la copa de vino a los labios una vez desvió la mirada del apuesto joven. Fueron suficientes tres semanas para que la chica de veintidós años cayera perdida a los pies de Emilio Fontál, bastaron tres semanas para que durante cinco años Andrea se dedicara en cuerpo y alma a su relación, bastaron tres semanas para que Andrea sintiera que el mundo al fin le había concedido la dicha de ser amada, pero todo ese tiempo tan mágico y tan encantador, lleno de dedicación y esfuerzo, se derrumbó en tan solo un segundo, en ese instante en el que Andrea encontró a su amado Emilio casi desnudo, en su departamento, con otra mujer.

-Por favor, Andi, por favor... ¡Espera! -escuchaba la voz de Emilio en su cabeza, la última vez que lo vio, aquel día, el peor de se vida.

-Por favor... -seguía escuchando-. Abra los ojos, señorita -decía la desesperada voz del joven que la había asustado en la ventana. Andrea abrió los ojos lentamente, tendida en el suelo mientras el apuesto y delgado joven con barba de candado y ojos cafés le soplaba el rostro con una mano y la observaba atentamente, tumbado en el suelo de madera sobre sus rodillas mientras esperaba impaciente que Andrea reaccionara.

-¿Quién eres tú? -dijo ella algo aturdida, arrugando el entrecejo como quien se deslumbra por una luz muy brillante-. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

-Soy Emiliano, ayudo a los señores Olmo con sus compras semanales y tengo llave del lugar -explicó él con una leve sonrisa al final.

Andrea se incorporó e intentó levantarse con ayuda del chico extraño; se sujetó de sus brazos y, aunque se tambaleó los primeros segundos, logró mantenerse en pie.

-Mis tíos no están, se han ido de viaje unos meses -explicó ella extrañada, observándolo con toda la desconfianza que podía permitirse.

-No lo sabía, ellos no me avisaron nada -repuso el joven, quien llevaba puesta ropa casual; unos jeans, Converse y una playera negra con una camisa azul a cuadros encima. Sonaba preocupado, pero no por la ausencia del matrimonio de ancianos sino por el estado de la chica a la que acababa de ayudar a ponerse de pie.

-Ni a mí me dijeron que vendría un extraño a asustarme por las mañanas.

-Lo siento, en serio -dijo apenado-. Creo que no estás muy bien, no te ves bien.

Andrea lo observó con un recelo casi cómico que provocó que el chico no pudiera contener una sonrisa; era verdad, a pesar de que Andrea era una mujer muy atractiva dejaba ver los estragos de sus estados depresivos; las ojeras en su piel morena clara y lo desaliñado de su cabello hacían juego perfecto con su ropa cómoda y holgada con olor a guardado.

-Déjame compensarlo preparándote el desayuno -pidió él.

Andrea frunció en entrecejo y lo observó con duda durante unos segundos; estaba hambrienta sí, y el recuerdo de Emilio en su cabeza no se iría fácilmente, pero al menos podría comenzar a cubrirlo con comida, comida abundante. Pensó que estaba entrando en ese punto en el que se atraviesa cuando la depresión es tan drástica que la apariencia física propia se olvida como un objeto en el desván.

-¿Sabes hacer hot cakes? -cuestionó ella y se dirigió hacia la cocina mientras Gato la seguía ágilmente.

Él sonrió inmediatamente y sin dudar más respondió: -Son mi especialidad... -confesó y siguió a Andrea también.

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