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La psicoterapia y su inevitable sensación de soledad

Una de las cosas más importantes y especiales en mi vida es mi proceso psicoterapéutico iniciado hace ya siete años. Se ha convertido en un soporte que recibe cada una de mis caídas, desde las más simples y poco dañinas hasta las más dolorosas y destructivas, y, al mismo tiempo, funciona como un constante contacto con mis realidades, y al decir realidades hablo de todo lo que engloba la realidad de cada ser humano; sus miedos, sus deseos, sus conflictos, guerras internas, vacíos, pérdidas, duelos, placeres, frustraciones, desahogos, miserias, carencias, habilidades, pasiones, excesos, amores, etc. La psicoterapia, en mi particular caso, es un intento repetido e incesante de ser más yo mediante este proceso en el que intento quitarme todas las cargas que se pusieron en mí desde el momento en el que nací, incluso antes, me atrevería a asegurar. Ahora, después de tanto tiempo puedo decir que soy más auténtico y vivo mi realidad tal y como es, la observo, la elaboro y la acepto. 

Encontrar las raíces después de luchar con nuestros monstruos 

Con el paso del tiempo, cuanto estás en un proceso terapéutico, es inevitable hacer una especie de viaje interno que te conduce a lugares maravillosamente desconocidos de tu propia mente y de tus propias emociones. A veces esos lugares no tienen un aspecto agradable y podemos encontrar dentro de ellos demonios, monstruos y fantasmas que tienen toda la intención de destruirnos; el terapeuta es un tenaz acompañante que nos da fuerzas para combatir aquello que nos hace daño, nos consuela, nos alienta y, lo mejor de todo, nos recuerda todo el tiempo que no estamos tan solos como creíamos. Dichos viajes internos tienen un sólo objetivo inalterable desde el principio del proceso, y ese objetivo se centra en encontrar las raíces más profundas de nosotros mismos, lo primario, el nacimiento de todo lo que somos y, ahí, en ese lugar que podría considerarse como nuestro "big-bang" particular, nuestro núcleo, nuestro origen, es donde podemos observar muy de cerca qué es lo que nos hace ser lo que somos, de ese modo podremos arrancar lo que no es nuestro pero que pusieron ahí por algún motivo, y también dejar y pulir lo que es nuestro, entenderlo, resolverlo en caso necesario y multiplicarlo si es favorable. 

La inevitable soledad del que avanza hacia una dirección distinta

En la medida en la que avanzamos más hacia una dirección más auténtica, más sincera, más sana, pareciera que el mundo se transforma, que lo que nos rodea va tomando un sentido distinto; desde las cosas más simples como objetos o pasatiempos, hasta la complejidad de personas, sensaciones y conductas. Todo puede verse con otros ojos, con ojos más nuestros, más realistas, decididos a no tolerar nunca más el conflicto del trauma pasado y la compulsión a repetir lo no resuelto. Esa evolución que comienza en una dirección personal y distinta a los demás nos aleja poco a poco del resto; se trata de un camino que, aunque el terapeuta es un acompañante interno, se recorre en soledad externa, es decir, vivimos nuestra vida de una manera diferente e inevitablemente llegará un momento en el que nos sintamos solos, en donde casi todos aquellos que nos acompañaban antes no podrán avanzar con nosotros por la sencilla razón de que no conocen los recursos para hacerlo y nosotros sí. Podemos entonces tener la impresión de sentir que ya no encajamos en ciertas cosas y con ciertas personas, pero no con un afán soberbio, sino como un resultado de avance, algo que no podemos evitar, pues dicho avance nos lleva ahora a lugares distintos en los que buscaremos relaciones más adecuadas a nuestro nuevo yo. 

La soledad que se siente después de recorrer nuestros adentros no es algo malo, al contrario, es señal de cambio, de transición, y aunque una parte de nosotros y de los otros se resista el camino de autoencontrarse no tiene marcha atrás. La soledad nos augura entonces novedad, oportunidad y conveniencia para crecer y madurar, es la antesala del cambio, de la no soledad.








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