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El final siempre es tormentoso

De pronto me puse a pensar en las cosas que nos mueven más en el interior como seres humanos emocionales y me encontré con todo aquello que se acaba, lo que termina, lo que se va, a veces definitivamente. Creí que sería importante tocar el tema de los finales, por supuesto desde mi perspectiva analítica y al mismo tiempo emocional.

Cuando el final es inevitable

Una de las cosas que suceden cuando algo en nuestra vida llega a su fin es el nacimiento de una frustración originada a partir de nuestros intentos inútiles por detener el término de aquello con lo que luchamos por un tiempo considerable. Nos enojamos porque no tenemos la fuerza suficiente para frenar el inminente final que se viene sobre nosotros con una fuerza imponente; esas ganas de seguir luchando contra el fin del camino parecieran incansables, nos roban toda la fuerza, toda la energía emocional y psicológica.

Los finales llegan todo el tiempo porque la vida es de este modo, las cosas llegan y se van, comienzan pero también terminan. No podemos detener los cierres que la vida necesita hacer en nosotros para poder abrir cosas nuevas. Es parte de un ciclo, y también es parte del ciclo enojarnos por no tener el control de todo, en especial de aquellas cosas que amamos o que nos costaron tanto.

Los finales, siempre tormentosos 

Cuando algo en nuestra vida llega a su fin siempre hay una tormenta encima de nosotros empapándonos con duelos y sensaciones desagradables; la tormenta en un final es inevitable. Cuando algo llega a su fin siempre habrá una sensación de vacío porque desearemos más de todo eso que tuvimos, a veces esa sensación es tan pequeña que dura un tiempo muy corto y podemos pensarla, sentirla y guardarla en el baúl de los recuerdos mentales pero, en otras ocasiones, la sensación del final es hiriente, ácida y funciona bajo una tortura constante que nos hace añicos por dentro. Siempre hay un desagrado en los finales porque deseamos tener algo que no podemos obtener: eternidad. Los finales construyen sus tormentas, a veces pequeñas e inofensivas, y otras veces rayando en la muerte y la enfermedad.

Los finales siempre aquejan el alma de quienes los viven, es así como debe de ser, porque sin ello no podríamos vivir lo nuevo, lo que está a punto de nacer; la vida necesita deshacerse de cosas para llenarnos de otras, no podemos tenerlo todo ni a todos al mismo tiempo y por los siglos de los siglos. Los finales son necesarios; como el amor cuando se acaba, la vida que termina o el punto final de este texto.

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