viernes, 14 de julio de 2017

De noche

Salía de noche siempre, el tercer día, de la tercera semana de cada mes. Salía de un árbol enorme que estaba en el bosque a las afueras del pueblo. Un humo grisáceo inundaba el lugar a la media noche, cuando el frío era paralizador, cuando la lluvia había dejado todo húmedo, lleno de lodo, de lodo lleno de gusanos y sanguijuelas. Salía de entre las sombras, con el sonido de la madera crujiendo, vestida con una capa roja por la que se asomaban sus lacios y largos cabellos. Algunos cuentan que pudieron ver su rostro iluminado por la luz de la luna; era más blanca que la nieve y sus ojos más negros que la noche más oscura y fría. 

Caminaba hasta un claro en el bosque mientras los animales le seguían el paso; serpientes, lechuzas, conejos, lobos, coyotes, hasta las hormigas iban tras ella. Encendía una fogata, se desnudaba y danzaba mientras el sonido de un violín acompañaba su baile alrededor del fuego, una música tétrica salida quizá del infierno, tocada por algún ente condenado al sufrimiento eterno, escondido entre la penumbra del bosque. Danzaba hasta las tres de la mañana, entonces volvía al agujero en aquel árbol enorme y desaparecía. 

Dicen que antes fue una mujer común y corriente, una bella pueblerina a la que le rompieron el corazón tantas veces que terminó por vender su alma al diablo para nunca más ser lastimada, para nunca más ser herida. Y es que uno a veces quisiera deshacerse de todo lo que nos hace sentir, sentir dolor, para no sufrir. También dicen que cuando algún hombre se acerca a ella mientras danza, con la intención de poseerla debido a su belleza, sufre un destino terrible; muchos han desaparecido del pueblo. Se tiene la teoría de que los sacrifica, se come su corazón y se baña en su sangre como símbolo de su desprecio hacia lo masculino, como recuerdo del odio que sintió cuando le rompieron el corazón en demasiados pedazos. 

Ella viene de noche, algunas noches, y yo, cuando escucho el violín a lo lejos sonar, sé que no dormiré por el terror que me invade. 


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viernes, 7 de julio de 2017

Las flores

Estaban las flores bonitas, siendo acariciadas por los vientos. Bonitas ellas se movían elegantemente entre ráfaga y ráfaga, se sentían majestuosas, importantes, preciosas.

Las flores en aquel jardín, el jardín de aquella casa, en aquella pequeña ciudad. Las flores eran entre azul y púrpura, olían a perfume de primavera, a lavanda, a manzanilla, a coco. Hubiese querido, algunos días, que las flores fuesen amarillas o rojas, me enfurecía que no fueran del color que yo quería. Después, con el paso de los días, entendía que a veces las flores no podían ser como yo quería, ni las flores ni muchas cosas de la vida.

Las flores me enseñaron mucho; aprendí a aceptar las cosas como son, a ver el mundo desde un lugar más simple, menos complicado, más natural. Las flores siempre me enseñaron a ser feliz en silencio, sin enterar a otros. Las flores fueron mi guía, mi encanto, fueron mi desahogo, mi llanto, fueron todo, fueron tanto. 

Me gusta escribir sobre las flores, sobre sus colores, sobre sus aromas; flores de colores en primavera, flores marchitas, secas, entre las hojas de una libreta. Porque en realidad escribo sobre los momentos en los que han estado ellas presentes, sobre los segundos que han sido bonitos y también sobre los que han sido insoportables. Las flores no son tanto las flores, son los pedazos de mi vida que ellas representan. Flores para el té cuando el corazón está roto, flores y café cuando somos otros, flores en la ventana para la alegría, flores marchitas y olvidadas en la melancolía. 



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sábado, 17 de junio de 2017

Confesiones psicoanalíticas: no amigos, no familia

Desde el inicio de mi formación como psicólogo, cuando decidí dirigirme hacia el maravilloso campo de la psicoterapia y de la psicología clínica, el mundo entero comenzó a realizarme un par de cuestionamientos bastante repetitivos: ¿Por qué no puedes atender a tus amigos o a tu familia? ¿Por qué no pueden ellos ser tus pacientes? Hoy, después de muchos años y en el principio de mi formación psicoanalítica, he decidido escribir este texto que aclare algunas dudas al respecto. 

La ética del psicólogo clínico 
Más allá de mi formación como psicoanalista debo decir que desde mucho tiempo antes pude tener claro la posición que la ética clínica exige; siendo la psicoterapia la creación de un vínculo que apunta siempre a la objetividad, no sería posible mantener dicho concepto de intervenir emociones profundas debido a los lazos amistosos o familiares. Las penas y los éxitos de los pacientes serían vividas de forma poco objetiva por el terapeuta, a quien le resultaría prácticamente imposible deshacerse de los sentimientos humanos que le vinculan con amigos y familiares, nublando así su objetividad profesional y científica. 

El terapeuta, además de la falta de objetividad, sería visto dentro de la sesión como un ser criticable al que se le puede refutar toda interpretación o guía bajo la concepción de conocer todas, o la gran mayoría, de sus imperfecciones. "Pero qué me dices tú de estabilidad emocional si llevas años sin pareja", sería algo que una persona diría a su amigo psicólogo. Es de este modo como el paciente dejaría de centrarse en él mismo para centrarse en el terapeuta y cambiar la posición, ser él quien analiza o "aconseja". Además podríamos encontrar un enorme listado de obstáculos que harían de la terapia un caos entre terapeuta y amigos o familiares; llamadas e intervenciones constantes, momentos incómodos en reuniones que borrarían toda la objetividad y el limite profesional de un tratamiento psicoterapéutico, reclamos, rumores innecesarios, idealización o desvalorización exagerada, etc. 

Una perspectiva psicoanalítica 
Ahora que me encuentro en la formación como psicoanalista, podría agregarle al asunto un par de cuestiones importantes. Dentro de lo que se denomina transferencial, en el tratamiento psicoanalítico, el paciente actualiza sus conflictos psíquicos con el terapeuta, escenifica, por así decirlo, su mundo interno dentro de la sesión. Los lazos demasiado cercanos podrían estropear la objetividad del analista dentro del campo transferencial pues el conocimiento profundo de la vida del paciente generaría un clima poco fluido; el analista sabría, o más complicado aún, se imaginaria si el paciente miente, si se burla de él, si hace referencia a situaciones de su vida o de sus experiencias, etc. Todas estas situaciones nublarían la vista analítica y desgastarían la intención del terapeuta hasta convertirlo solamente en una persona que escucha y aconseja, nada más; tal y como lo haría un amigo o un familiar.

El paciente amigo o familiar, a través de sus resistencias, intentaría todo el tiempo invertir las posiciones terapéuticas y desearía ser siempre el terapeuta; rebajaría, desde lo inconsciente, indudablemente a quien le analiza para poder tomar el papel dominante en cada sesión y así defenderse de cualquier interpretación. 

El amor o cariño también nublarían el trabajo analítico, pues el terapeuta temería, desde el fondo de su alma, elaborar interpretaciones objetivas para no herir o angustiar al paciente o, contrariamente, crearía interpretaciones hostiles para atacarlo por envidia o enojo. En ninguno de los dos casos se pensarían interpretaciones desde la neutralidad, quizá no absoluta pero sí bastante cercana a un punto equilibrado como con los pacientes sin lazos afectivos. 

El amigo o familiar que insiste en ser atendidos por su pariente en realidad poseen un miedo profundo de comenzar un verdadero proceso terapéutico, se sentirían "mucho más seguros" con alguien conocido; sería como "jugar al psicólogo" y quizás empeorar la situación. Es un motivo de "no avance", de no crecimiento, y así delegar la responsabilidad al terapeuta amigo o familiar desde un: no tomo terapia porque tú no me has querido atender