martes, 29 de agosto de 2017

Farfalla

Había una mariposa azul parada en mi ventana. Llevaba ahí varios minutos, moviendo las alas lentamente, creo que me observaba, no sé, no veía yo sus pequeños ojos, pero me daba esa impresión. Estaba escribiendo sobre mi escritorio, una historia, un cuento, no recuerdo bien, pero lo que sí recuerdo es que arranqué la hoja, la arrugué y la arrojé al cesto de la basura, y claro, cayó fuera. 

Tenía mucho tiempo sin ver un azul tan azul como el de las alas de aquella mariposa. Al poco tiempo llegó otra y se posó al otro extremo de la ventana; era completamente negra y en la orilla de sus alas la luz se reflejaba como en las aguas de un lago que parece espejo. Pensé que era un día bastante soleado y cálido para que las mariposas salieran de paseo, a espiar a los humanos aburrirse en sus tontas vidas sin alas, sin poder volar, sin poder ser majestuosos como ellas lo eran. 

Hay una mariposa azul y una negra en mi ventana -comencé a escribir-, me están observando sin duda. Hoy no me han sucedido cosas interesantes, ¡mentira! Hoy he encontrado un billete de quinientos pesos en un abrigo que he llevado a la tintorería por la mañana; me he sentido el hombre con más suerte del mundo. En el camino al trabajo una niña rubia de ojos azules me ha sonreído en el subterráneo, lo juro, era la niña más bella que he visto en mi vida. Lo mejor del día es que he ido a comer con él; nos tomamos un café y nos dimos un besito muy tierno, muy... 

Una tercera mariposa se posó en mi ventana, era de un color salmón encendido. Me sentí un iman de mariposas, sentí que si salía de la casa llegarían cientos de ellas y volarían alrededor mío, pero tenía demasiada flojera para salir, así que seguí escribiendo. 

... llevo tanto tiempo esperando algo bueno, a alguien bueno, que ahora que lo tengo todo me parece tan ajeno, tan distinto; mi vida ya no es la que era antes de él. Ahora todo parece más grande, más bello, más azul. La comida me sabe deliciosa, el vino y el licor los disfruto como nunca, la lluvia, las nubes y el mar, el sol en mi piel, mis labios con miel, azúcar, sal, el viento, la luna y su luz, la noche abismal. Las mariposas vienen a mí, conversan conmigo, se ríen de mí, quizás, de que no tengo alas, de que parezco un tonto enamorado, un ente atolondrado por los besos y las caricias de otro igual. 

Tocaron a mi puerta y las mariposas salieron volando. Firmé el escrito y lo titulé "Farfalla". Abrí la puerta, era él, el que me hacía ver todo más azul, el que hacía que las mariposas volaran a mi ventana, quien ahora me hacía ver el mundo de otras formas, a través de otros ojos, como las mariposas que ven mucho mientras vuelan; me hace volar. 


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viernes, 28 de julio de 2017

Perfectos

Y mientras los dos pequeños niños jugaban en el jardín con su pequeño perrito inglés, la madre le llevaba limonada fría a su apuesto esposo, quien lavaba el automóvil último modelo aparcado en la entrada al garage de la hermosa casa en la que vivían los cuarto. 

Eran ricos, felices y atractivos, todos en la ciudad querían ser como ellos. Habían salido en las portadas de varias revistas debido, principalmente, al trabajo voluntario de la madre y a la carrera profesional exitosa del padre. Sus ropas eran finas y sus viajes eran largos y sumamente costosos. ¡Eran simplemente perfectos!

Aunque quizá si el mundo hubiese conocido la verdad completa entonces, quizá, no hubiesen deseado la vida de la familia perfecta. Pues resulta que al cerrarse las puertas, detrás de las paredes con pintura y acabados costosos, la mujer se dirigía cada noche a su gabinete y tomaba varias pastillas antidepresivas en la bañera, llorando amargamente por el desprecio que le tenía a la vida que le había tocado vivir. De vez en cuando recibía uno que otro golpe de su "perfecto" esposo alcoholico y uno que otro grito hiriente y destructivo. Ya era común que la niña pequeña se orinara cada noche en la cama, y también era común que el padre le gritara hasta el cansancio lo terrible que era tenerla como hija siendo tan sucia y estando tan "descompuesta". El niño por su parte se encerraba en su habitación y pretendía no escuchar ni ver nada de lo que ocurría. 

Qué perfecta es una sonrisa que se finge, una foto que esconde una desgracia, un beso amargo y un abrazo adolorido. ¡Qué perfecto luce todo aquello! Qué perfecto el mundo con sus mentiras y frivolidades, con sus farsas y atrocidades, qué perfectas las familias y los hijos y las mascotas de los hijos. Qué perfecto es lo imperfecto y que doloroso es fingirlo. En el camino de la vida, siempre, los humanos caminan marcados por sus pasados, condenados por sus heridas y rotos por sus angustias. Pero qué fácil es fingir una sonrisa y qué difícil aguantarse el llanto. 


martes, 25 de julio de 2017

Strawberries

La mordí y su jugo me inundó la boca al instante; era agridulce, mi sabor favorito. No podía encontrar un rojo más brillante, ni siquiera la rosa más roja o la sangre más escarlata podrían igualársele. Estaba sentado en una playa, al sur del país, solo, observando las olas formarse y deformarse en la alfombra gigante del mar turquesa. Cada vez que mordía una fruta, cada vez que sentía su jugo en mis labios, un recuerdo se me venía a la cabeza. Llevaba ya varios días en aquel lugar, llevaba mucho tiempo haciendo muchas cosas en mi vida; permanecer, construir, quedarme, todo en mi vida ahora era mejor en muchos sentidos. 

Así como mordía y devoraba aquellas fresas, llevándolas a su final, así habían terminado muchas cosas en mi vida que antes pude disfrutar, como el sabor de las fresas en mi paladar. La vida es misteriosa, extraña, las personas lo son también. Pensé en todos los "amigos" que nunca fueron en verdad amigos, que nunca fueron siquiera humanos, que fueron tanto, menos personas con alma, personas reales; mis fresas tenían más alma que ellos. No quise juzgar a nadie, yo también cometí muchos errores en el pasado, no me arrepiento de nada en realidad. No les deseo cosas buenas a aquellas personas de mi pasado, pero tampoco les deseo cosas malas, no les deseo nada, que sigan sus vidas así como yo sigo con la mía, así como yo como mis fresas que ellos coman las cosas que les gustan. 

Ojalá tuviera más momentos a solas como ese momento. Pensé en la mujer que me vendió las fresas en la avenida de puestos ambulantes; tenía dos hijos pequeños según pude ver. Comer fresas es una experiencia relajante; no es como comer kiwi, el kiwi  te  vuelve eufórico, la manzana causa insomnio y los duraznos te ponen sentimental. Yo preferiré siempre las fresas, así, naturales. Prefiero el mar, el mar turquesa, el sol, el sol brillante, y a ti, a ti viviendo en mi corazón, recordando tus besos y las sonrisas que me brotan cuando estoy contigo. Prefiero pensar antes de actuar, prefiero pensar durante mi actuar y pensar después de lo actuado; pensar en comprar las fresas a esa mujer con dos hijos, pensar mientras las muerdo y miro la espuma de las olas del mar, pensar cuando se terminen y ya no tenga más que comer y deba volver al hotel, quizá por una piña colada o una copa de champán con una cereza dentro; si bebo la piña el mundo me parecerá gracioso y reiré y reiré, si muerdo la cereza juro que iré corriendo a buscarte para besarte y llevarte a mi cama, porque eso hacen las cerezas.